MI TÍO ROBERTO Y EL CONCEJO

MI TÍO ROBERTO Y EL CONCEJO)



Néstor Solera Martínez*

RESUMEN

Mi tío Roberto me dijo con su voz gruesa y autoritaria: "René, sobrino, oiga, acompáñeme al Concejo, que hoy se reúne. Vamos a ver si hay plata por ahí". Era viernes y yo no tenía nada que hacer, así que, sin pensarlo dos veces, le dije: "Sí, tío, vamos".

Partimos cerca del viejo puente metálico que cruza el río Sinú, bajo el ardiente sol de las dos y treinta de la tarde. Nos separaban siete cuadras del Concejo. Ese día -¡cosa extraña!-, mi tío, sin explicaciones, al salir de su casa en desorden, en donde su mujer y sus cinco hijos aún hacían la siesta, me dijo, "Vámonos a pie, René", y no en su destartalado carro willis. "Listo", dije, a ese hombre de unos 55 años de edad, de regular estatura, acuerpado, de cara ancha y unos ojos de sapo que todo lo auscultaban; el tío, vestía con un pantalón caqui de dril, una camisa mangas cortas de tela blanca y llevaba puesto en la cabeza un viejo sombrero vueltiao, en sus pies nudosos, abarcas tres puntá y colgado de su hombro derecho un descolorido maletín de cuero amarillo. Y yo, a mis 17 años, un pobre muchacho flacucho de pelo erizado, iba pobremente trajeado: un raído pantalón de overol, un suéter chino y en mis pies calzaba zapatos cauchosol.

Caminamos por la carrera cuarta, uno casi junto al otro, como bueyes que arrean terneros sin tropiezos. Mi tío rompió el silencio: me dijo que él veía que yo leía mucho; que me gustaba discutir sobre política y, de ahí, concluyó con una pregunta: "¿Qué le parece la política nuestra, sobrino?" Antes de contestar a esa cosa oscura y turbia pensé un momento la respuesta. Aproveché que brincamos uno, dos, tres charcos de agua sucia. Hedía a gato o a perro muerto en un solar enmontado. Varios goleros volaban casi a ras de las casas. Deben estar buscando el gato o el perro muerto, pensé. Una moto ruidosa pasó veloz a nuestro lado y nos pringó con el agua sucia de los charcos.

   -Hijueputa –gritó mi tío.

   Yo también maldije y, una vez nos sacudimos el agua sucia con las manos (ya andando o bordeando otros charcos que no nos dejaban casi caminar y nos obligaban a poner los pies en puntillas y a levantarnos las botas de los pantalones), dije: "Entre nosotros no existe la palabra política, tío. Creo que se parece a estos charcos sucios que ahora cruzamos, y hiede como ese gato o perro muerto. ¿No sintió el hedor?" "Sí", dijo mi tío, y vi que me miró con el par de paraguas de sus ojos de sapo e hizo un rictus, como si todo lo que yo le había dicho lo tuviera incorporado a su ser o hiciera parte de nuestra vida cotidiana como algo natural. También vi que estaba sorprendido con mi respuesta y, más, cuando yo me tapaba la nariz y me la sonaba para ponerles ironía a mis argumentos. Aunque mi tío era un gallo de pelea era también reflexivo y le buscaba la comba al palo a todo. "Pero hay políticos honrados, sobrino", dijo. "Sí", dije, "pero en otra parte, porque aquí no sé dónde están". El gallo sintió el espuelazo en la cara y se destapó.

   -Aquí no paga ser pendejo, sobrino –me espetó.

   -Y qué es ser pendejo, tío –dije.

    Mi tío no lo dudó:

   -Ser bueno, sobrino –dijo.

   -Triste –dije-. Muy triste.

   Ese hombre mujeriego y a veces rudo, altanero, romántico o contradictorio era de una inteligencia natural y una audacia que a mí a veces me daba miedo. Como el Lazarillo de Tormes, sabía que no había conocido a su padre. Había que sobrevivir entonces a como diera lugar.

   -Sea bueno para que vea, sobrino –dijo, sin apelar a justificaciones-. Vea: todos le caen encima y se lo comen vivo.

   -Lo entiendo, tío –dije-. Bolívar nos libertó y murió derrotado, el pobre…

   -Claro, sobrino –dijo mi tío estentóreo-. No ve que Bolívar cayó en manos de árboles torcidos y retorcidos.

   A mí me encantó la figura de los "…árboles torcidos y retorcidos", y lo celebré, dándole palmaditas en el hombro derecho al tío Roberto, como si él hubiera hecho un descubrimiento muy grande.

   -Son los mismos árboles de ayer y de hoy, tío –dije.

   Y a mi tío le salió una voz desde adentro del estómago y de las vísceras.

   -Y los de siempre, sobrino –dijo.

   Dejamos los últimos charcos, pensé: árbol que nace torcido jamás se vuelve a enderezar. Estaremos condenados… ¿Será posible?

   -Nada hay eterno en la vida, tío –dije.

   -Sólo Dios, sobrino –dijo mi tío.

   -Tampoco, tío –dije-. Los dioses griegos hace ya siglos que murieron.

   El ruido de los carros ahogó mi voz. Ahora, a medida que nos acercábamos al Concejo, empezamos a caminar uno detrás del otro. Nos cuidábamos de que un carro o una moto no nos fueran a atropellar. Mi tío era muy estricto en este punto: él siempre decía que, si un carro o una moto lo atropellaba a uno, era mejor morir que quedar paralítico o con uno o varios huesos rotos. Ahí estaba pintado el hombre: o eras blanco o eras negro; o eras rico o eras pobre… Con un hueso roto ya uno no era más que un desperdicio.

   Sudados y acalorados por el sol cancerígeno llegamos al edificio de la alcaldía en donde estaba situado el Concejo. Subimos por unas escaleras de cemento y, en el tercer piso, entramos a un amplio salón que se encontraba atiborrado de personas, vestidas, en su mayoría, con la ropa de los empleados del municipio. Se oían ¡vivas!, a los dos viejos partidos –liberal y conservador- y voces de respuesta: "¡Viva!". En el momento en el que nos sentamos, en un punto intermedio de las gradas, fue cuando vi de manera clara, frente mí, una larga mesa y junto a ella unas banderas y en una especie de semicírculo unas sillas. Este es el Concejo, murmuré. Mi tío se puso el maletín sobre las piernas y vi que dirigió la vista a uno y otro lado en busca de algo que no encontraba. "No veo un solo oncejal, sobrino", dijo en voz alta, como si esperara a que alguien se lo contradijera. Un hombre flaco, de dientes cariados, mal vestido que estaba cerca, levantó el brazo, miró a mi tío y de su boca salió una leve sonrisa irónica. "Por lo menos", dijo el hombrecito, "dentro de una hora les veremos sus honorables caras". Vi que mi tío empezó a morderse los labios, a mover las piernas como si se abanicara, mientras miraba de rato en rato su reloj de pulsera. "Son las tres", dijo, por fin, "espero media hora". De uno de los lados –el derecho- oí un vozarrón de un hombre que gritó, "¡Viva el partido liberal!". Me pareció que la voz era conocida. Miré y vi que era el Coronel Uribe, el hombre –vestido de rojocon quien yo jugaba ajedrez casi todas las tardes en su carpintería. Sonreí y dije para mí: "El muy tacaño, caramba. En su casa nunca me he podido tomar ni un tinto".

   Una hora después –el hombre de los dientes cariados tenía razón- empezaron a llegar los concejales. Vi que mi tío se paraba e intentaba irse, pero razones de peso se lo impedían. De golpe, de una de las puertas de entrada un hombre penetró, como un vaquero del oeste norteamericano, y se acercó a uno de los concejales y lo increpó a gritos, a la vez que quería despescuezarlo: "Bandido, hijueputa, ladrón…" El otro hombre respondió con las mismas palabras y ordenó, soberbio, gesticuloso a dos policías que estaban de custodia que lo sacaran a la fuerza. Y uno por cada brazo, los agentes lo expulsaron a rastras del recinto, en el que, en una de sus paredes, decía que era "Sagrado". Asustado, perplejo, curioso, quise saber de un hombre que tomaba apuntes a mi lado en una libreta, quiénes eran ésos dos. "Los nombres no importan", dijo el hombre. "Lo que debes saber es que, el que entró como un toro bravo es un viudo del poder, y el otro, es un buitre, que se lo quitó y lo disfrutan ahora él y sus compinches".

   -Ahhhhh –dije, y arrugué la frente.

   Mi tío sudaba copioso (al igual que yo, que todos), y se veía desesperado y rabioso, no por los insultos, no, pues, dijo: "Esto de esperar, irrita, sobrino", y empuñó la boca, a la vez que intentó pararse, cuando se oyeron unos golpes de martillo sobre la mesa. "Al fin va a empezar la sesión", dijo una voz detrás de mí con un tono de amargura y cansado. Mi tío respiró y se alegró, al tiempo que se oían los gritos –el coronel Uribe era quien más retumbaba- de los vivas a los dos añosos partidos. "Menos mal", dijo mi tío y estiró las piernas entumecidas. Una voz, creo que era la del secretario, junto con los golpes del martillo, ante el barullo y la vocinglería gritaba, "Orden, orden, orden…", para poder empezar la sesión. Hubo un silencio momentáneo, y sin un orden del día, oí que en ese hueco de silencio, un hombre de pocos pelos en la cabeza, de cara alunada que presidía la mesa principal, dijo con una voz trapajosa que había que elegir un nuevo presidente del Concejo. Vi que los concejales empezaron a pararse y a cuchichear entre ellos, a pasarse papelitos y, luego de un rato, casi a trompadas, se eligió un nuevo presidente. Era un hombre tan viejo que hubo que llevarlo agarrado por los brazos a la silla del poder y a la hora de pronunciar el juramento de posesión se lo tuvieron que decir palabra por palabra y, en el tartamudeo de su discurso, confundió el nombre del alcalde con otro que lo había sido 20 años atrás (eso me lo dijo el hombre de la libreta de apuntes y, afirmó: "Ahora sólo falta que confunda a Dios con el diablo").

   Después habló el señor alcalde (mi tío levantó la cabeza y paró los oídos, me tocó el hombro, señaló, dijo: "Ése es el que a mí me interesa, sobrino"). De entrada, el alcalde afirmó bullanguero que tenía muchos planes de gobierno por realizar. Promesas, pensé y, en medio del sopor, crucé mis brazos, agaché la cabeza y sin saber por qué, mis ojos se volvieron pesados y los entrecerré, como si me hubieran medio hipnotizado. ¡Madre!, murmuré, y empecé a oír a pedazos hablar de calles, escuelas y hospitales perdido en la dimensión de un tiempo oscuro y, al final de ese mundo en tinieblas, vi al alcalde, como un perro sarnoso, gesticular y lo oí ladrar quedo, mañoso que cumpliría, pero que había que poner nuevos impuestos. "El municipio está quebrado", vomitó: "no hay un peso ni para comprar una aguja", y se quedó mirando al buitre que le hizo señas con sus ojos lamparudos de que no se preocupara. De pronto, me sentí agarrado por mi brazo izquierdo y volví de la catalepsia y oí tronar la voz gruesa y autoritaria de mi tío: "René" gritó, ya parado, furioso, "vámonos, que aquí no hay plata. Hijueputas políticos". Nadie pareció escuchar nada de lo que gritó mi tío. Ni siquiera el hombre de los dientes cariados –que ahora hacía arcadas, como si él y no el alcalde, hubiera trasbocado una lombriz- ni el que tomaba apuntes a mi lado, que había prendido un cigarrillo y fumaba con placer en medio de volutas de humo. Creo que el calor no dejó escuchar o, mejor: esa minucia no importaba.

   Bajamos las escaleras con rapidez y salimos a un costado del edificio. Ya en la calle, una brisa suave y tierna de las cinco de la tarde que venía del río Sinú, nos envolvió. Mi tío caminaba como una codorniz espantada. Yo no podía sostenerle el paso y… ya a unos diez metros de distancia de su espalda encorvada, me dije: "Pobre tío, pobre municipio".

Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.